LA RANA
Si me dicen que todo mi pasado ha sido fatal,
u obligatorio, no importa;
pero si me dicen que no puedo obrar con libertad,
me desespero.
JORGE LUIS BORGES
Disfrutar
del proceso mientras cultivamos experiencias le da significado y
trascendencia a la vida, basta asumir bajo la íntima consciencia que
nuestro rol aquí depende de la voluntad y la fe que pongamos a nuestras actividades; en palabras de Borges,
"el paraiso esta aquí".
PORQUÉ SE FUERON LAS GARZAS
GUSTAVO ALFREDO JÁCOME
Mi corazón brincaba de los recelos a las sacadas de pecho.
Si me caso con gringa, que va a decir la gente de Quinchibuela. Me veràn mal. Me haràn a un lado. Haran
conmigo lo mismo que hicieron con el Angel Farinango, el único natural que
logrò casarse con una blanca de Imbaquì. No le perdonaron por nada del mundo,
por más que regalò las campanas para la capilla de la parcialidad. Con ese
pretexto entrar en amistad y convidar a su casa a tos los ayllus. Nada. Se
quedó con puerquito despostado, porque nadie se movió de su casa. Desesperada,
ella, pretendiendo igualarse a las mujeres de Quinchabuela, se humanó, a
vestirse como india. Nada. la misha era misha y no había qué hacer. Y en mi
caso, ¿qué dirán, qué haràn al verme llegar casado no con blanca no más sino
con gringa. Aiura ya sé lo que dicen. Han querido que después de haber vivido
siete años en el extranjero y de haber alcanzado el título que he alcanzado, ¿Y
por qué me murmurarán solamente a mí, si yo conozco unos amores de dos plazas
entre naturales y gringas.
El Cabascango, natural como yo, anda amishcadote de otra
gringa. Sé que también dos longas de la comunidad de Quinchibuela que vivían en
la Villa se han casado con franceses y que los hipis guambrean de lo lindo a
las longas. Entonces, ¿qué? Tranquilo Andrés Tupatauchi.
Pero a quienes quería verles muertos de iras viéndome casado con
gringa, era a los llamados blancos de Imbabura A ellos, que a pesar de sus
ínfulas, ninguno ha logrado casarse con gringa. Me imaginaba la envidia
remordida que tendrìan al ver que un indio, que según ellos nada vale, les
había ganado en títulos y en mujer. Sufrí en el cuarto año de colegio, cuando
me enamore de una compañera blanca que por bonita y bien hecha le hicieron
abanderada. Cómo le quise con mi alma arrinconada en mi insignificancia de
indio. Cómo sufri con ese amor sin esperanza. Yo, sarapanga, queriendo coger
una estrella. Con dejar que mis ojos fueran tras de ella, como perro. Sí, como
perro en tiempo de choclos, así atzagnado el brazo para no hacer daño. Y como
perro le meneaba el rabo cuando alguna vez mis ojos se encontraban con los
suyos, tan bonitos. Mataba todas las materias para ser uno de los mejores en el
curso y para que ella se fijara en mí. Qué cuidado ponía en mi aseo para
hacerme digno de ella. Me convertí en una cría de indio, manso y bien
domesticado, para congraciarme con ella. Y cuando en el cuarto curso ya fui
considerado el mejor estudiante, dos veces cuando preparábamos los exámenes
trimestrales, me pidió que fuera a su casa para juntos repasar las materias que
consideraba eran mi fuerte. Cómo me latió el corazón y cómo me arreglé para ir
a su casa, sobre todo la primera vez. Madrugué a bañarme, a aguaitarme la cara,
las manos, las uñas. ¿Qué es pes, fiesta tendrás, Andrés? −me averiguó la Mila
que me preparaba la mejor mudada. Pero para mí era mejor que tener fiesta. Me
aprendí de memoria las materias del examen. Repasé los gestos, las posturas,
para dar la mejor impresión. Ensayé hasta la inclinación de cabeza al saludar con su papá, con su mamá,
con sus hermanas, con el perro. La Mila me trenzó bien el guango.
Minutos antes de la hora fijada, reloj en muñeca
temblorosa, ya estuve cerca de su casa me alcanzó a ver por la ventana y salió
a recibirme en la puerta de la calle. Qué bonita era. Entramos a la salita.
Allí estaban dos compañeras, Me sentía algo como engañado. Creí, tontamente,
que iba a estar a solas con ella, Pero, bueno, estaba en su casa, y ella,
juntito a mí, con sus pelitos bayos cosquillándome las sienes al leer en mi cuaderno,
oyendo mis explicaciones. Esas tres horas, fueron minutos de cielo para mí.
Como mis cuadernos de resúmenes tenían fama entre mis compañeros de ser los
mejores llevados −a dos y tres tintas, con letras de adorno en los títulos y
subtítulos, entonces me sonreía y yo sentía que esas sonrisas eran solo para
mí, eran solo mías, Cuando me devolvía, yo rebuscaba algún apunte. Las dos idas
a su casa y las veces que me había pedido prestado mis apuntes, hicieron que en
mi tonto pensamiento urdiera no sé qué locas ideas que me llevaron a tramar
algo que fue mi perdición. Una tarde, sobresaltado, nervioso, me pasé
aguaitando las vitrinas de una papelería de Imbaquí. Cuando alguien se
acercaba, yo me hacía el que nada, el que miraba los libros y revistas, pero vuelta,
ojo a las tarjetas postales. Buscaba una como para mí, una que por su
significado hiciera juego con lo que yo sentía, una que le llegara al alma.
Al
fin, después de tanto escoger, me resolví por una que tenía un dibujo de
un gran corazón herido por unas espinas. Armándome de coraje, entré, y con el
billete sudoroso en mis manos, saludé a la señorita y le señalé la tarjeta que
quería. Ella abrió la vitrina y se volvió a mí para asegurarse: ¿esta de
corazón herido? Me pareció que en su voz había una sonrisa burlona. Sí. Y sentí
que mi susto con vergüenza me bajaba por la espalda. Pagué y antes de salir de
la papelería, escondí la tarjeta como que hubiera robado. Cuántos días me habré
pasado porfiando por escribir el borrador. Tachaba, borraba, rompía. Quería
decirle algo bonito, dejar que hablara mi corazón, pero nada.
No decía mi sentimiento, mi loco amor, mi pena, mi
desesperación. Y miraba las nubes y miraba las lomas y dejaba que mi alma se
fuera como ellas para decirle cantando, con ese arrullo, así de triste, así de escondido, así de tierno.
Desde arriba me espiaba el cerro. Taita Imbabura: no he subido todavía hasta tu
shungo de piedra a graduarme de jari. Pero ya soy hombre porque ya siento en mi
pecho lo que vos sabes que siento, porque ya sufro como un hombre, porque ya he aprendido a llorar para adentro.
Ayúdame, taita Imbabura, y hace que ella tenga corazón para mí, siempre me
salió con la voz el lloro. Cuánto me costaba sentir lo que sentía. Los blancos,
en cambio, con qué concha que se declaran nomás y con qué felicidad lograban
ser correspondidos. Cantaban que a la primera les besaban tras las esquinitas,
en los zaguanes de sus casas, en los callejones, en el cine. Eran ellos los que
recibían los recados de las muchachas, ve, la Betty dice que te quiere y qué es
lo que decís vos. Ellos les chachariaban. Alabanciosos, decían que les habían
besado y otras cosas más. Yo no contaría a nadie, yo me guardaría para mí.
Ella
era mi flor de romero, mi espiguita de trigo, mi pluma de garza, mi rosa y mi espina. Yo
seguiría la universidad. Mis padres tejedores así me habían ofrecido.
Estudiaría día y noche, me graduaría, sería el profesional, trabajaría para
ella, adoraría toda la vida. Yo sería su criado, su esclavo, si, su criado y su
esclavo, Cuando tuve lista la tarjeta, esperé que me pida alguno de mis
cuadernos. Pasaron muchos días, para mis ansias. Yo guardaba la tarjeta con
susto, le llevaba al colegio pero metida entre el forro y la tapa de un
cuaderno. Al fin, un día llegó lo que esperaba porque se me acercó y me sonrió
y me pidió uno de mis apuntes. Sudando, temblando, le entregué y quise sonreír
también, pero sentí que mis ojos, que mi cara, que mi cuerpo entero me
traicionaban. Me dio las gracias y se fue, y con ella, mi cuaderno.
Le hojiaría en su casa, encontrará el sobre y leerá su
nombre, reconocerá mi letra, tal vez ¿será un susto con mezcla de agrado? Si es
así, abrirá el sobre, apurada, con su pecho en oleaje, como totora de laguna en
día de viento.
Mila, madrugué al colegio y me escondí en un lugar para
verla llegar. Quería adivinar su respuesta en la manera de caminar, en el
uniforme, en el peinado, antes de poder ver de cerca su cara y sus ojos. Pero
esperé de gana, por que no fue ese día ni el siguiente. Pensé lo peor. Pero yo
mismo traté de engañarme: ¿Cayó enferma? ¿Tuvo que viajar? ¿Alguien está
enfermo en su casa? No me atreví a preguntar a mis amigas. Tuve miedo de
despertar sospechas. Al tercer día, desesperado, resolví ir a dar vueltas por
cerca de su casa. Tal vez alguien me dé alguna razón. Quizá le alcance a ver de
lejos, por lo menos. Así fue, porque después de horas y horas de humilde y
desesperada espera. Al verme puso cara de susto, se dio media vuelta y entró
corriendo a su casa. Después de un rato salió su papá como perro de hacienda y
con insultos en ladridos y una feroz carrera se vino contra mí. Tuve que correr
y desbarrancarme quebrada abajo. Allí, en el fondo, sucio, rasguñado, enlodado,
y más que todo herido en mi alma, con el corazón sangrante, tal como el de la tarjeta,
allí terminaron mis ilusiones de perro enamorado de la luna. Y allí comenzó
también mi tormento. Muchas noches, muchos días sonaron en mis orejas, como
chilpidos por el eco, los insultos. Tenía que sacarle de mi cabeza, y su
recuerdo se emperraba en mi alma. Yo ya no tenía esperanza alguna. ¿Por qué
entonces me moría por ella? ¿Por qué no se miba de mi mente sus ojos, su cara,
su personita? En esas noches, en esos libros, en esos campos, me dolía más que
nunca haber nacido indio, ser lo que era, un pobre runa, y sin embargo, sentir
lo que sentía. Me quería morir.
ANÁLISIS
Andrés Tupatauchi es un paria. No
pertenece a ningún grupo: no es indio o labriego, no es
acholado, no es blanco. Sus relaciones con blancos,
cholos e
indios son complejas y casi violentas. Andrés es un hombre que ha
creado distancia con todos a pesar de estar físicamente próximo. Andrés
está aislado; su educación y sus elecciones lo han determinado así.
Dicho aislamiento lo ha mutilado, convirtiéndolo en un inválido social:
ni pertenece ni es aceptado en ningún grupo. Andrés, al igual que Mila,
su melliza, ha crecido con las tradiciones indígenas (ecuatorianas).
Ambos, sin embargo, han trascendido las barreras y expectativas
culturales para su grupo: Andrés, tras una beca en los Estados Unidos,
ha vuelto al Ecuador, a fin de ayudar a su comunidad (indígena). Mila,
por su parte, luego de su educación universitaria, ha obtenido un puesto
administrativo/de gobierno.
La vida de Andrés es mortificante,
no por las penurias económicas o de salud —que no las padece, al
contrario, es un hombre saludable con un empleo seguro como director de
un colegio— sino por las sociales y emocionales. Andrés, que ha cursado
estudios de grado en Historia Precolombina del Ecuador en los Estados
Unidos y se ha casado con una compañera, Karen, ha progresado social y
económicamente más allá de lo que muchos otros indios (y blancos). En
realidad, es esto algo que parece obsesionar a Andrés: el efecto que sus
logros y trabajo han tenido en quienes lo rodean. Andrés está en
proceso, no de construcción de su identidad, sino de articulación
consciente de la misma, tal como él mismo lo expresa al inicio de la
novela: “¿Pita ñuca cani? ¿Quién soy? ¿De quiénes vengo?” (Jácome
11). “He logrado” es la frase que sintetiza el espíritu de la novela.
Porqué se fueron las garzas
ofrece episodios, momentos en la vida de Andrés Tupatauchi: su
iniciación indígena en la cumbre, sus confusas relaciones (incestuosas)
con su hermana, su familia, el uso del quechua como arma (por su parte)
y el carácter humillante que según Andrés le significa en boca de otros,
sus relaciones con sus padres, con Karen, su esposa, con sus compañeras
en los Estados Unidos, con los maestros del colegio, gente de la ciudad,
indios en el Centro (indígena), etc. De entre estos episodios quizá uno
de los más notables es el del embotellamiento en el centro de la ciudad
y su discusión con un conductor (blanco). Andrés percibe la totalidad
de la situación en sentido cultural y a sí mismo como en centro de la
cuestión. Es más, según Andrés, el otro conductor ha actuado
premeditadamente, a fin de humillarlo públicamente. De esta manera,
piensa Andrés, actúan todos los blancos. Este razonamiento le
origina serias dudas en cuanto a los sentimientos de su esposa: ¿por qué
lo ama? ¿por qué está con él (precisamente)? A esto se le suman las
relaciones con su hermana. Porqué se fueron las garzas termina
en aislamiento: Andrés decide separarse de Karen. En este sentido, la
decisión de Andrés tendría visos de fracaso, en tanto actúa no sólo en
función de sí mismo, sino de la sociedad (blanca) ecuatoriana a la que
ha hecho, indiscutiblemente, la autoridad máxima en cuanto a su valía.
Bibliografía
-
Jácome, Gustavo Alfredo. Porqué se fueron las garzas. Barcelona: Seix Barral, 1980.
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